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LOS DOS SILENCIOS: EL QUE DESTRUYE Y EL QUE CONSTRUYE

¿Hay que callar, hablar, recordar u olvidar? Un recorrido sobre el autocontrol, las emociones, los límites personales y la búsqueda de la paz interior.

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LOS DOS SILENCIOS: EL QUE DESTRUYE Y EL QUE CONSTRUYE

LOS DOS SILENCIOS : EL QUE DESTRUYE Y EL QUE CONSTRUYE

¿Hay que callar, hablar, recordar u olvidar?

Hay preguntas a las que no se puede responder demasiado rápido:

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¿Hay que callar cuando alguien nos hace daño?

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¿Hay que hablar cuando nuestras palabras pueden provocar un conflicto?

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¿Hay que recordar aquello que nos hizo sufrir para extraer una lección?

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¿O hay que olvidar para recuperar finalmente la paz?

A primera vista, estas preguntas parecen sencillas; fácilmente podríamos responder con un sí o un no. Sin embargo, no lo son. Porque la verdadera dificultad no consiste únicamente en elegir entre el silencio y la palabra. El verdadero desafío es comprender lo que ocurre dentro de nosotros mientras guardamos silencio.

Dos personas pueden atravesar exactamente la misma situación. Ambas pueden guardar silencio. La primera calla porque tiene miedo. La segunda calla porque se niega a permitir que su ira decida por ella. Exteriormente, el comportamiento es idéntico. Interiormente, todo las diferencia. Una quizá va perdiendo poco a poco su voz, mientras que la otra utiliza el silencio para recuperar su capacidad de elegir. Esa es toda la diferencia entre un silencio que encierra y un silencio que construye. Y, a veces, esta diferencia puede llegar a ser mucho más importante de lo que imaginamos.

Cuando aliviar el dolor se vuelve más importante que comprender aquello que nos hace sufrir

Si escribimos este artículo, no es solamente para hablar de filosofía, de calma o de autocontrol. También es porque detrás de ciertos hábitos, ciertos silencios y ciertos comportamientos se esconde a veces un sufrimiento que nadie ha aprendido realmente a mirar.

Conocí a una mujer que vivía bajo una gran presión relacionada con su trabajo. Día tras día, el estrés se acumulaba. Estaban el cansancio, las tensiones, las responsabilidades y las situaciones que soportaba sin poder expresarlas siempre. Quizás también esa sensación que muchas personas conocen: seguir avanzando porque hay que seguir adelante, incluso cuando algo, en nuestro interior, ya empieza a agotarse.

En lugar de desarrollar progresivamente formas más saludables de comprender y gestionar esa presión, había adquirido el hábito de consumir medicamentos opioides para aliviar el dolor. En aquel momento, aquello parecía proporcionarle alivio. El dolor disminuía, la tensión parecía retroceder y, durante un instante, el problema parecía menos pesado.

Pero aliviar un síntoma no siempre significa resolver su causa. Y cuando una persona comienza a depender de una sustancia o de un comportamiento para dejar de sentir lo que le está ocurriendo, puede, sin darse cuenta, entrar en un círculo peligroso.

Luego, un día, después de sufrir fuertes dolores de cabeza y síntomas lo suficientemente preocupantes como para requerir una consulta médica, la situación reveló que ya no se trataba simplemente de «aguantar» o de buscar un alivio ocasional. Su organismo y su situación requerían una evaluación médica seria: según el médico, estaba a punto de perder la razón (volverse loca).

Ese momento quedó grabado en mi mente. No para contar su historia como un espectáculo, no para asustar y, desde luego, no para afirmar que toda persona estresada seguirá el mismo camino. Sino porque me recordó una verdad profunda: cuando ya no sabemos qué hacer con nuestro dolor, a veces simplemente buscamos algo que nos permita dejar de sentirlo. Y es ahí donde la cuestión se vuelve más grande que el estrés.

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¿Qué hacemos con aquello que nos hace sufrir?

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¿Lo combatimos?

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¿Lo escondemos?

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¿Intentamos silenciarlo?

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¿Lo compartimos?

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¿Lo escuchamos?

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¿O esperamos hasta que se vuelva tan fuerte que termine hablando por nosotros?

El peligro no siempre es el dolor. A veces es lo que hacemos para dejar de escucharlo.

El peligro no siempre es el dolor

Existen dolores que no podemos impedir de inmediato: una crítica, una humillación, una injusticia, una presión laboral, un conflicto, una decepción, un sentimiento de fracaso, un miedo que no logramos explicar. La vida no siempre nos pedirá permiso antes de poner una tormenta en nuestro camino. Pero cuando aparece el dolor, comienza otra pregunta: ¿qué voy a hacer con lo que siento?

Algunas personas explotan. Lo dicen todo, a veces demasiado rápido, demasiado fuerte o incluso a personas que ni siquiera son responsables de su sufrimiento. Otras eligen callar. Pero, una vez más, existen dos silencios:

  • Está el que dice: « Me tomo el tiempo para comprender antes de responder*.»* 
  • Y está el que susurra: « ¿Para qué hablar? De todos modos, nadie me escuchará*.»* 

Está el silencio que protege la decisión y está el que abandona incluso la posibilidad de decidir. Está el que calma la tormenta y está el que encierra progresivamente la tormenta en nuestro interior. Por eso, el problema no consiste simplemente en saber si debemos hablar o callar. Tenemos que aprender a reconocer lo que nuestro silencio está produciendo dentro de nosotros.

El hombre que quiere gobernar el mundo pero se olvida de gobernarse a sí mismo

El hombre sueña a menudo con gobernar el mundo. Aspira a dirigir una empresa, una familia, una nación o incluso la historia. Quiere influir, decidir, construir, transformar. Sin embargo, a veces olvida una evidencia: quien no sabe gobernarse a sí mismo, tarde o temprano terminará siendo gobernado por sus emociones, sus miedos o sus impulsos. La verdadera soberanía no comienza con el poder sobre los demás. Comienza con el poder sobre uno mismo.

Gobernarse no significa volverse frío. No significa reprimir la ira hasta dejar de sentir nada, sonreír ante todas las injusticias o aceptar lo inaceptable en nombre de la calma**. Gobernarse significa aprender a dar a cada emoción el lugar que le corresponde**. Es poder decir:

  • «Siento esta ira, pero no voy a entregarle todas mis decisiones.» 
  • «Este miedo existe, pero no decidirá por sí solo el rumbo de mi vida.» 
  • «Esta crítica me ha herido, pero primero voy a comprender por qué antes de darle el poder de definir quién soy.» 
  • «Puedo decir que no sin volverme violento.» 
  • «Puedo hablar sin necesidad de destruir.» 
  • «Puedo callar sin condenarme al silencio.»  

Esta es quizás una de las formas más profundas de libertad: no dejar de sentir, sino sentir sin perder por completo el poder de elegir. Por eso, esta frase guiará todo nuestro recorrido:

« El autocontrol no se demuestra en la calma; se revela en medio de la tormenta*.»*

Porque es fácil estar tranquilo cuando todo ocurre como queremos, ser paciente cuando nadie nos provoca o ser respetuoso cuando somos respetados. La verdadera pregunta está en otra parte: ¿en quién nos convertimos cuando alguien nos provoca, nos humilla, nos somete a presión, nos critica injustamente o intenta hacernos perder el equilibrio? Es a menudo ahí donde comienza nuestro verdadero encuentro con nosotros mismos.

Este artículo no es una invitación a soportarlo todo

También hay que dejarlo claro desde el principio. Este artículo no te dirá: «Cállate». Tampoco te dirá: «Responde a todo». No te pedirá que olvides cada herida, ni te aconsejará vivir eternamente en el recuerdo de aquello que te hizo daño.

Más bien exploraremos una cuestión más profunda: ¿cómo saber cuándo el silencio nos protege y cuándo comienza a destruirnos? Porque existe un momento para callar, un momento para hablar, un momento para recordar con el fin de comprender y, a veces, un momento para dejar de darle al pasado el poder de dirigir el presente.

Pero para reconocer esos momentos, necesitamos algo esencial: aprender a escucharnos. No solo escuchar el ruido del mundo, no solo escuchar a quienes nos dan órdenes, consejos o juicios, sino escucharnos a nosotros mismos:

  • Comprender lo que nuestra ira intenta decir. 
  • Comprender lo que nuestro miedo protege. 
  • Comprender por qué ciertas palabras toman el control de todo nuestro día. 
  • Comprender por qué algunos «sí» nos agotan más que el propio trabajo. 
  • Comprender por qué a veces seguimos soportando una situación mientras una parte de nosotros lleva mucho tiempo gritando que hay que poner un límite. 

Antes de continuar, tómate un instante...

Quizás estés leyendo estas líneas en calma, quizás después de un día difícil, después de una discusión o en una oficina donde has aprendido a sonreír mientras interiormente estás agotado. Quizás seas alguien que habla demasiado rápido cuando está enfadado, o quizás te hayas convertido en esa persona que ya casi no dice nada.

Entonces hazte simplemente esta pregunta: Cuando guardo silencio, ¿recupero mi paz… o me estoy abandonando a mí mismo?

No respondas demasiado rápido. Porque todo lo que sigue de este artículo quizás comience ahí, en esa respuesta, en ese espacio frágil entre lo que sientes y lo que decides hacer con ello. Porque existen dos formas de silencio: el que te encierra en una herida y el que te devuelve el poder de elegir. Y aprender a distinguirlos puede ser, quizás, el comienzo de aprender a gobernarte a ti mismo.


 

 

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